Durante mucho tiempo, las salas deportivas han sido pensadas ante todo como lugares dedicados a la competición. El público solía asistir a un partido, los patrocinadores visualizaban su logotipo en un panel fijo, y la organización se concentraba en lo esencial: el arbitraje, el cronometraje y la seguridad.
Pero estos últimos años, ha empezado una transformación profunda del paisaje deportivo, definida por nuevas expectativas por parte de los espectadores, de los patrocinadores y de los organizadores: el deporte ya no es un evento, es una experiencia. Esta experiencia depende en gran medida por el entorno visual que se ofrece in situ.